domingo 27 de abril de 2008

¿Reflejan los media la realidad del mundo?

Este es un discurso del periodista, escritor y ensayista Ryszard Kapuscinki.
Es largo, recomiendo para encontrar la respuesta al titulo del post, leer el primer, el segundo y los últimos párrafos, que están separados por un espacio.
Igualmente, todo el texto es muy interesante, se me hace difícil describirlo con palabras.
A su salud:


Traducción de María Jesús Santiago, revisada por Thérèse Ravit (Discurso pronunciado por el autor el 19 de Noviembre de 1998 en Estocolmo, durante la ceremonia de entrega de los Premios Nacionales de Periodismo Stora Jurnalstpriset).

"Convertida en una mercancía, la información se preocupa poco por la verdad. Lo que cuenta es vender". En el debate sobre los media, se presta una excesiva atención a los problemas técnicos, a las leyes del mercado, a la competencia, a las innovaciones y a la audiencia, y una escasa a los aspectos humanos. Yo no soy un teórico de los "media", sino un simple periodista, un escritor, que desde hace cuarenta años, se dedica a recoger y tratar la información (y también a consumirla), y por ello me gustaría hacerles participe de las conclusiones a las que he llegado al final de mi larga experiencia profesional.
Una primera observación se refiere a las dimensiones. Afirmar, como se hace a menudo, que "toda la humanidad" está sometida a lo que hacen o dicen los "media" es una exageración. Incluso cuando acontecimientos, como la inauguración de los Juegos Olímpicos, son vistos por dos mil millones de telespectadores, estos no representan más que un tercio de la población del planeta. Otros mega-eventos (la Copa del Mundo de fútbol, guerras, matrimonios o funerales de famosos) masivamente difundidos en las pantallas, sólo los ven un 10% o un 20% de la población mundial. Esto representa evidentemente una gran muchedumbre, pero no "toda la humanidad". Todavía cientos de millones de personas no tienen ningún contacto con los "media". En diversas regiones de Africa, la televisión, la radio e incluso los periódicos son inexistentes. En Malawi, no hay más que un periódico; en Liberia, dos, bastante mediocres, pero ninguna televisión. En numerosos países, la televisión no funciona más que dos o tres horas por día. En las vastas extensiones de Asia –por ejemplo en Siberia, o Kazakhastán o en Mongolia-, hay repetidores de señal de televisión, pero la gente posee receptores que no le permiten captar los programas. En la época de Leonid Brejnev, en los grandes espacios de la Siberia soviética, las emisiones de las radios occidentales no eran interferidas porque, por falta de receptores, nadie las podía escuchar. Una parte importante de la humanidad vive todavía fuera de la influencia de los "media", y no tiene ninguna razón para inquietarse por las eventuales manipulaciones mediáticas, o por su mala influencia sobre las masas. Frecuentemente, en particular en América Latina y Africa, la única función de la TV es la de divertir. Uno encuentra televisores en los bares, restaurantes y hoteles. Las personas tienen la costumbre de ir al bar para tomar algo y ver la televisión, y a ninguna de ellas se le ocurriría exigir que estos medios fueran serios, o que tuvieran una función de información o educación.
La mayoría de los Africanos o de los latino americanos no esperan de la televisión una interpretación seria del mundo, como tampoco nosotros la esperaríamos de un circo.
La gran revolución de las nuevas tecnologías es un fenómeno reciente. Su primera consecuencia importante ha sido un cambio radical en el universo del periodismo.
Reflexionemos sobre la primera cumbre de Estados Africanos. Tuvo lugar en 1963 en Addis-Abeba (Etiopía). Para cubrirla vinieron periodistas del mundo entero. Cientos de enviados especiales y corresponsales de los grandes periódicos internacionales, agencias de noticias y emisoras de radio se dieron cita allí. Algunos equipos rodaban para las actualidades en los cines, pero no había ni uno haciéndolo para la televisión. Nos conocíamos todos; sabíamos que hacía cada uno e incluso éramos amigos. Auténticos grandes maestros de la pluma y prestigiosos expertos en cuestiones internacionales estaban presentes. Cuando lo pienso, sin ninguna nostalgia de una edad de oro que no volverá jamas, me parece que aquella reunión fue la última gran reunión de los periodistas del mundo, el fin de una época heroica donde el periodismo todavía estaba considerado como una profesión reservada a los mejores, una vocación elevada, noble, a la cual uno se dedicaba plenamente de por vida.
Desde entonces, todo ha cambiado. La consecución y la difusión de la información se han convertido en una ocupación desarrollada en cada país por miles de personas. Las escuelas de periodismo se han multiplicado formando año tras año nuevas incorporaciones a la profesión.
Antes el periodismo era una misión, no una carrera. Hoy ya no se encuentran periodistas que practiquen esta actividad identificándose con ella, y habiendo decidido dedicarle plenamente sus vidas y lo mejor de si mismos. Para algunos es una forma de hobby que pueden abandonar en cualquier momento para hacer otra cosa. Numeroso periodistas hoy, podrían trabajar mañana en una agencia de publicidad, o pasado mañana como agentes de cambio.
Las tecnologías punta han provocado una multiplicación de los "media". ¿Cuáles son las consecuencias? La principal, es el descubrimiento de que la información es una mercancía, y que su venta y difusión pueden aportar importantes beneficios. Antaño, el valor de la información estaba asociado a diversos parámetros, en particular al de la verdad. También estaba considerada como un arma que favorecía el combate político. Este recuerdo todavía esta vivo en los estudiantes que en la época del comunismo, quemaban en las calles los ejemplares de los periódicos del partido al grito de "la prensa nos miente". Hoy todo ha cambiado. El precio de una información depende de la demanda, del interés que suscite. Lo que prima es la venta. Una información será juzgada sin valor si no es capaz de interesar a un gran número de público. El descubrimiento del aspecto mercantil de la información ha determinado la afluencia del gran capital a los "media". Los periodistas idealistas, aquellos dulces soñadores en busca de la verdad que dirigían antes los periódicos, fueron frecuentemente sustituidos por hombres de negocios. Todos aquellos que visiten hoy las redacciones de los diversos soportes pueden constatar este cambio. Antes, los media estaban instalados en inmuebles de segunda categoría y disponían de estrechos despachos, mal iluminados y amueblados, donde se agitaban los periodistas desaliñados y sin un duro, rodeados de montañas de dossieres en desorden, de periódicos y de libros. Hoy, basta con visitar los locales de una gran cadena de televisión: los inmuebles son suntuosos palacios, todo de mármol y espejos. El visitante es guiado por azafatas-maniquies a través de largos pasillos calafateados. Estos palacios son actualmente la sede de un poder del que antaño sólo disfrutaban los Presidentes de los Estados o los Jefes de Gobierno. Este poder se encuentra ahora en las manos de los directores de los nuevos grupos mediáticos.
Desde que empezó a ser considerada como una mercancía, la información dejó de someterse a los criterios tradicionales de verificación, autenticidad y error. Ella está ahora regida por las leyes del mercado. Esta evolución es la más significativa entre todos las que han afectado al dominio de la cultura. Consecuencias: hemos sustituido a los viejos héroes del periodismo, por un número imponente de trabajadores de los "media", prácticamente todos sumidos en el anonimato. La terminología utilizada en los Estados Unidos es reveladora de este fenómeno: el media worker, o trabajador de los "media", sustituye a menudo al journalist, o periodista.
El mundo de los "media" se ha expandido de tal manera, que ha comenzado a vivir por si mismo, como una entidad autosuficiente. La guerra interna que libran los grupos mediáticos se ha convertido en una realidad más intensa que la del mundo que les rodea. Importantes equipos de enviados especiales recorren el mundo. Ellos forman una gran horda donde cada reportero vigila al otro. Es preciso conseguir la información antes que el vecino. La primicia o la muerte. Tanto es así, que aunque diversos acontecimientos se producen simultáneamente en el mundo, los media sólo cubrirán uno: aquel que habrá atraído a la horda entera.
Más de una vez yo he formado parte de esta horda. De hecho la describí en mi libro D'une guerre l'autre (1) y sé como funciona. La crisis provocada, en 1979, por la toma de rehenes americanos en Teherán es un ejemplo. Aunque en la práctica no pasaba nada en la capital de Irán, los miles de enviados especiales venidos del mundo entero permanecieron meses en esta ciudad. La misma horda se desplazó, algunos años más tarde, al Golfo Pérsico durante la guerra de 1991, aunque sobre el terreno no podían hacer nada, ya que los Americanos prohibían cualquier aproximación al frente.
En el mismo momento, en Mozambique y en Sudán, se estaban produciendo acontecimientos atroces; pero esto no afectaba a nadie, puesto que todos los periodistas estaban en el Golfo. En diciembre de 1991, debido al golpe de estado, Rusia tuvo el derecho a la misma consideración. Aunque los hechos verdaderamente importantes, las huelgas y las manifestaciones, se desarrollaban en Leningrado, el mundo lo ignoraba porque los enviados de todos los "media" no se movían de la capital, esperando cualquier suceso en Moscú, donde reinaba una calma absoluta.
Las nuevas tecnologías, sobre todo el teléfono móvil y el correo electrónico, han transformado radicalmente las relaciones entre los reporteros y sus jefes. Antes, el enviado de un periódico, el corresponsal de una agencia de prensa o de una cadena de televisión disponía de una gran libertad, y podía dar rienda suelta a su iniciativa personal. Él buscaba la información, la descubría, la verificaba, la seleccionaba, y le daba forma. Actualmente, cada vez con mayor frecuencia, él no es más que un simple peón que su jefe desplaza a través del mundo desde su despacho que puede encontrarse en el otro extremo del planeta. Este jefe, por su parte, dispone de informaciones provenientes de una multitud de fuentes (cadenas de información continua, despachos de agencias, Internet…), y puede, de este modo, tener su propia apreciación de los hechos, a veces diferente de la del reportero que cubre el evento sobre el terreno.
A veces, ese jefe no puede esperar pacientemente a que el reportero termine su trabajo. Entonces es él quien le informa del desarrollo de los acontecimientos, y lo único que espera de su enviado especial es la confirmación de la idea que él ya tiene de ese evento. Muchos periodistas tienen ahora miedo de buscar la verdad por ellos mismos. En Méjico uno de mis amigos trabajaba para las cadenas de televisión americanas. Me lo encontré en plena calle, estaba filmando unos enfrentamientos entre los estudiantes y la policía, "¿qué pasa John?", le pregunté, "no tengo la más remota idea", me respondió sin dejar de filmar. "Yo no hago más que grabar, me conformo con atrapar las imágenes, después las envío a la cadena que hace lo que quiere con el material".
El desconocimiento de los enviados especiales acerca de los eventos que tienen que describir, es a veces impresionante. Cuando las huelgas en Gdansk, en agosto de 1981, que dieron lugar al nacimiento del sindicato Solidaridad, la mitad de los periodistas extranjeros que fueron a Polonia para cubrir la noticia no sabían situar Gdansk (la antigua Dantzig) sobre un mapamundi. Y sabían incluso menos de Ruanda cuando las masacres de 1994: la mayoría ponían su pie sobre el continente africano por primera vez, y habían desembarcado directamente en el aeropuerto de Kigali en aviones fletados por la ONU, casi sin saber donde se encontraban. La mayoría ignoraba las causas y razones del conflicto.
Pero la responsabilidad no incumbe a los reporteros. Ellos son las primeras víctimas de la arrogancia de sus jefes, de los grupos mediáticos, y de las grandes cadenas de televisión. "¿Qué más pueden exigir de mí?", me preguntaba recientemente un cámara del equipo de una gran cadena de televisión americana, "en sólo una semana tuve que filmar en cinco países situados en tres continentes diferentes".
Esta metamorfosis de los "media" plantea una cuestión fundamental: ¿cómo comprender el mundo? Hasta ahora se aprendía la historia gracias a los conocimientos que nos dejaban nuestros ancestros, a los contenidos de los archivos, y a los descubrimientos de los historiadores. Hoy, la pequeña pantalla se ha convertido en la nueva (y prácticamente única) fuente de la historia, emitiendo la versión concebida y desarrollada por la televisión. Mientras el acceso a las fuentes sigue siendo difícil, la versión que difunde la televisión, incompetente e ignorante, se impone sin que la podamos contestar. El ejemplo más claro de este fenómeno es quizás Ruanda, país que conozco bien. Cientos de millones de personas en el mundo han visto las imágenes de las víctimas de las matanzas étnicas con comentarios completamente erróneos en su mayoría. ¿Cuántos telespectadores han completado esta visión contrastándola con fuentes fiables sobre Ruanda? El peligro es que la información de los "media" se consume mucho más fácilmente que la de los libros.
La civilización es cada vez más dependiente de la versión de la historia imaginada por la televisión. Una versión frecuentemente falsa y sin fundamento. La masa de los telespectadores, al final, sólo conocerán la historia "telefalsificada", y tan sólo un pequeño número de personas tendrá conciencia de que existe otra versión, más auténtica, de la historia. Rudolph Arnheim, gran teórico de la cultura, ya predijo, en el año 1930, en su libro Film as Art (2), que el ser humano iba a confundir el mundo percibido por sus sentidos con el interpretado por el pensamiento, e iba a creer que ver es comprender. Pero eso es falso.
La televisión, escribió Arnheim, "será un examen de mucho rigor para nuestro conocimiento. Ella podrá enriquecer nuestros espíritus, o volverlos letárgicos". Y tenía razón. La confusión, en general inconsciente, entre ver y saber, y ver y comprender, es utilizada por la televisión para manipular a la gente. En una dictadura se usa la censura, en una democracia, la manipulación. La diana de estas agresiones es siempre la misma: el ciudadano corriente. Al hablar los "media" de ellos mismos, enmascaran el problema de fondo por la forma, y substituyen la filosofía por la técnica. Se preguntan como editar, como redactar o como imprimir. Discuten problemas de montaje, de bases de datos o de la capacidad de los discos duros. Sin embargo, casi no se habla nada del contenido de lo que se quiere editar, redactar o imprimir. El problema del mensajero sustituye el del mensaje. Desafortunadamente, como lamentaba Marshall McLuhan, el mensajero tiende a ser el contenido del mensaje.
Tomemos el ejemplo de la pobreza en el mundo, que es sin duda el problema más importante de este fin de siglo. ¿Cómo lo tratan las grandes cadenas de televisión? La primera manipulación consiste en presentar la pobreza como sinónimo del drama del hambre. Ahora bien, dos tercios de la humanidad viven en la miseria por culpa de una distribución injusta de la riqueza en el mundo. Sin embargo, el hambre aparece en determinados momentos y en regiones muy concretas como un drama generalmente de dimensiones locales. Además, la mayoría de las veces son debidas a cataclismos como la sequía o las inundaciones, y otras veces también a las guerras. Hay que añadir que los mecanismos de lucha contra el hambre, en tanto que calamidad imprevista y puntual, son relativamente eficaces. Para ello se utilizan los excedentes alimentarios de los países ricos y se envían masivamente donde hay necesidad. Son estas operaciones de lucha contra el hambre, como las de Sudán o Somalia, las que nos presentan las pantallas de televisión. Sin embargo ni una sola palabra se pronuncia sobre la necesidad de erradicar la miseria mundial.
La segunda estratagema utilizada por los manipuladores de la miseria es su presentación en los programas de carácter geográfico, etnográfico y turístico, que hacen descubrir regiones exóticas del planeta. De esta manera la miseria es asimilada al exotismo, y la televisión lanza el mensaje de que los lugares predilectos de la miseria son las regiones exóticas. Visto desde este ángulo, la miseria aparece como un fenómeno curioso, una atracción casi turística. De estas imágenes abusan particularmente las cadenas temáticas como Travel, Discovery, etc...
La última maniobra de estos manipuladores consiste en presentar la miseria como un dato estadístico, un parámetro banal del mundo real. Tal concepción de la miseria la condena a la perpetuidad; pues ya que hay que aprender a vivir con ella, el ser humano no la puede percibir como una amenaza para la civilización.


Volvamos al punto de partida: ¿los "media" reflejan el mundo? Desgraciadamente, de una manera muy superficial y fragmentaria. Su atención se concentra en las visitas presidenciales o en los atentados terroristas; e incluso estos temas parecen haber perdido su favor. Durante estos últimos cuatro años, la audiencia de noticias televisadas de las tres principales cadenas americanas ha caído del 60% al 38%. El 72% de los temas tratados son de carácter local y versan sobre violencia, drogas, agresiones y delitos. Sólo un 5% del tiempo se destina a noticias del extranjero, y numerosas ediciones ni siquiera mencionan el tema. En 1987, el editor del semanario americano Time dedicó once portadas a temas internacionales; diez años más tarde, en 1997, solamente una. La selección de informaciones se basa sobre el principio "cuanta más sangre, mejor se vende" (3).
Vivimos en un mundo paradójico. Por una parte, nos dicen que el desarrollo de los medios de comunicación ha unido todos los rincones del planeta formando así una "aldea global"; y, por otra parte, la temática internacional ocupa cada vez menos espacio en los "media", ocultada por la información local, el sensacionalismo, el cotilleo, el famoseo, y toda la información-mercancía.
Pero seamos justos, la revolución de los "media" está en pleno desarrollo. Se trata de un fenómeno reciente en la civilización humana, demasiado reciente para que hayan podido producirse los anticuerpos necesarios para combatir las patologías que genera: la manipulación, la corrupción, la arrogancia, la veneración de la pornografía. La literatura sobre los "media" es a veces muy crítica, incluso implacable. Tarde o temprano, esta crítica influirá, al menos en parte, en los contenidos de los "media". Además, hay que reconocer que mucha gente se sienta ante el televisor porque esperan ver exactamente lo que la televisión les ofrece. Ya en el año 1930, el filósofo español Ortega y Gasset escribió en su libro La rebelión de las masas que la sociedad es una colectividad de personas satisfechas de ellas mismas, de sus gustos y de sus elecciones.
En fin, el mundo de los "media" es diverso. Es una realidad con diversos niveles. Al lado de estos "media-basura", hay otros formidables: existen algunos programas de televisión prodigiosos, excelentes programas de radio, y periódicos dignos de mención. Para aquellos que deseen realmente una información honesta, de reflexión profunda y fundada en conocimientos sólidos, los "media" de calidad no faltan. Es a veces más difícil disponer del tiempo necesario para asimilar la oferta existente. Los "media" son frecuentemente vilipendiados para justificar el letargo en el que se encuentran nuestras propias conciencias y nuestra pasividad.
Nadie ignora que en las redacciones de los periódicos, en los estudios de radio y de televisión, hay periodistas sensibles y de gran talento, gentes que tienen estima por sus contemporáneos, que consideran que nuestro planeta es un lugar apasionante que vale la pena ser conocido, comprendido y salvado. La mayor parte del tiempo, esos periodistas trabajan haciendo gala de abnegación y dedicación, con entusiasmo y espíritu de sacrificio, renunciando a las facilidades, comodidades, y hasta arriesgando su seguridad personal, con un único objetivo: dar testimonio del mundo que nos rodea, con la multitud de peligros y esperanzas que él oculta.

jueves 24 de abril de 2008

VAGOS, LENTOS O TORPES

En la siguiente nota, en Clarin.com decidieron ponerle nuevo nombre al intendente de El Calafate.

http://www.clarin.com/diario/2008/04/23/um/m-01657329.htm
Debido a los desastrosos métodos internos que utilizan para confirmar fuentes, afirmaron en la nota de arriba que el intendente se llama "Javier Vellón", cuando el nombre correcto es Javier Belloni.

En los primeros dos párrafos lo escriben mal, pero luego lo ponen bien, lo que hace más patética la nota.

No subo todos los errores que veo, porque no son tan graves, por decirlo de alguna manera.
Pero escribir mal el nombre de un intendente, sea cual sea la cuidad que gobierne, habla muy mal de un diario que se hace llamar el más grande de Argentina.

viernes 18 de abril de 2008

Como titulan en el gran diario argentino vía web

http://www.clarin.com/diario/2008/04/18/um/m-01653845.htm

La nota de arriba lleva el siguiente título:

"El gobierno denuncia a los propietarios de los campos incendiados por el humo"

1) ¿Qué gobierno? ¿Nacional, el de la Cuidad de Buenos Aires?

2) ¿ La causa del incendio de los pastisales (no campos) fue el humo?

Mamita...

jueves 17 de abril de 2008

Le habrán pifiado

Quería compartir con ustedes un ¿error? del diario Crítica.
En la edición del 2008-04-09 que nos mostró nuestro profe de taller, la fuente que utiliza el periodista para decir que hay 150000 camioneros en negro o afiliados a otros gremios, es la Federación Argentina de entidades empresarias de auto transporte de cargas.

Esta en la página número 1, párrafo 1.
Acá el link:http://www.criticadigital.com.ar/tapaedicion/diario_39_web__.pdf

Al día siguiente, Resulta que la fuente es el Secretario General de la Confederación General del Trabajo, Hugo Moyano.

Léase página 8 párrafo 1 de la edición del día siguiente:
http://www.criticadigital.com.ar/tapaedicion/diario40_enteroweb__.pdf

También queda muy a la vista la opción de contar la realidad de acuerdo a la línea editorial.
La noticia para el periodista que redacta la nota es que Moyano quiere atraer a 150.00 camioneros a su gremio para obtener más fondos.
La noticia tranquilamente podría ser que 150000 personas trabajan en negro; es decir, no tienen obra social, ni aseguradora de riesgos de trabajo, etc.

lunes 14 de abril de 2008

La Facultad de Ciencias Sociales sólo cumplió con su obligación

El martes 1 de abril el Consejo Directivo de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires se pronunció (http://www.fsoc.uba.ar/archivos/institucional/medios.doc) Y lo hizo con la misma responsabilidad, autoridad, conocimiento y pertinencia que lo ha hecho en cientos de oportunidades anteriores
Nuestro pronunciamiento provocó una desmedida, llamativa y por momentos insultante y hasta ofensiva respuesta de parte de algunos medios de prensa, a tal punto que se puso en cuestión y en duda no sólo la pertinencia de nuestra declaración, sino la seriedad académica de nuestra Facultad.
El Consejo Directivo de la Facultad de Ciencias Sociales (órgano máximo y soberano de gobierno de una Facultad, ante el cual el Decano no puede sino hacer lo que dicho órgano le encomienda) emitió una resolución criticando lo que considera un manejo cuestionable de la información. Su pronunciamiento fue, por algunos, tildado de “obsecuente” con el oficialismo. Pero lo que no se tiene en cuenta, es que con este tipo de acusaciones a la Facultad se cae en un contrasentido, rayano en el absurdo: en nombre de la libertad de prensa de las empresas privadas, se cuestiona la libertad de opinión de una institución pública.
El desatino ideológico de los que levantan semejante acusación (estrechez ciertamente preocupante viniendo de quienes tienen mucho poder sobre la opinión pública) les impide siquiera creer que un Consejo Directivo académico tenga suficiente autonomía de criterio como para dar su parecer, coincida o no con la de alguna de las partes en conflicto. Para colmo de absurdo –o de, en efecto, manejo interesado de la información- se pasa por alto que se trata de la Facultad de Ciencias Sociales , una de cuyas carreras es precisamente la de Ciencias de la Comunicación. Es decir: la disciplina a la que, en principio, debe suponérsele la suficiente competencia teórica, científica y técnica como para que la suya no sea una mera “opinión” irreflexiva o caprichosa, sino el resultado de un análisis riguroso y fundado de los discursos mediáticos; y también, y sobre todo, una carrera de una universidad nacional que tiene el irrenunciable deber ético y cívico de cumplir con el mandato de la Reforma del 18: enseñar, investigar y hacer extensión. Todo ello, precisamente, porque una Facultad es un ente igualmente público, sostenido con los impuestos y el esfuerzo de toda la sociedad (y no, como se ha dicho por ahí, por un “gobierno”).
Cuestionar que la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA se pronuncie sobre la temática es desconocer –como se dijo- que cobija a una de las carrera de Ciencias de la Comunicación más importantes de Latinoamérica; es ocultar que esta misma Facultad se ha pronunciado en cientos de oportunidades con el mismo nivel de independencia y libertad que lo ha hecho siempre; es no reconocer que todos estos otros pronunciamientos no vieron la luz pública porque no fueron considerados adecuados para ser publicados por los mismos medios de comunicación que hoy acusan a la Facultad de colaborar con el cercenamiento de la libertad de expresión; es no reconocer que cada día decenas de medios de prensa buscan en esta misma Facultad de Ciencias Sociales –cuyos dichos son hoy brutalmente cuestionados- citas de autoridad y de especialistas para analizar los más variados fenómenos de la realidad nacional.
Y, de paso, es esquivar el punto principal de lo que la Declaración planteaba: que se habían cometido actos de discriminación durante la cobertura del lockout agropecuario.
Entonces, cabe preguntarse, ¿por qué sólo en esta oportunidad, en que la Facultad se pronuncia sobre el comportamiento de los medios de comunicación, se reacciona con semejante irritación?
Es imposible, entonces, evitar la sospecha de que en buena medida todo este debate forzado y artificioso pueda estar sirviendo de cortina de humo para evitar el verdadero debate que está en los fundamentos de la Resolución cuestionada: a saber, el de si es cierto o no que hubo un tratamiento parcial e interesado de la información, y el de si es cierto o no que dicho tratamiento incluyó un sustrato de discursos e imágenes rayano en formas explícitas e implícitas de clasismo, de racismo, de discriminación ideológica, etcétera. Esta es la discusión que debe hacerse de cara a esa sociedad de la cual –y supuestamente para la cual- viven tanto la Facultad de Ciencias Sociales como los medios masivos de comunicación. Si la Facultad está equivocada en sus análisis y sus evaluaciones, ello deberá ser demostrado independientemente de las opiniones partidarias y, por supuesto, de los agravios gratuitos.
Los medios, seguramente, cuentan con asesores muy idóneos en la materia: que salgan al ruedo y fundamenten, al igual que lo ha hecho la Facultad, su crítica a nuestros argumentos. Y si no lo hacemos todos así, que sea la propia sociedad la que nos pida cuentas, y no los monopolizados pools informacionales con sus diatribas infundadas o quienes defiendan sus intereses.
Con nuestro pronunciamiento, no hicimos más que cumplir con la función de la universidad pública: poner todo su conocimiento crítico al servicio de la sociedad que la sostiene y aportar a la reflexión todos sus elementos teóricos, técnicos y profesionales.
En el mismo sentido y con el mismo espíritu es que nuestra Facultad se pronunció:
- en contra de la forma en que se llevaron adelante las modificaciones en el INDEC (http://www.fsoc.uba.ar/archivos/institucional/INDEC.pdf )
- en contra de la extensión de las concesiones de las licencias de radiodifusión (http://www.fsoc.uba.ar/archivos/institucional/decreto.pdf)
- con una carta pública para que el gobierno nacional acelerara los mecanismos para que nuestra Facultad pudiera finalizar las obras de su edificio definitivo (http://www.fsoc.uba.ar/archivos/institucional/carta.pdf) y http://www.fsoc.uba.ar/archivos/institucional/edilicio.pdf, entre otras decenas de declaraciones
La deformación del “debate” sobre la “libertad de prensa” ha alcanzado abismos verdaderamente insondables y todos ellos basados en una falacia de origen: aquellos mismos que pretenden –como es legítimo- tener las manos absolutamente libres para opinar lo que sea, pretenden atárselas a los demás.
La Facultad quiere volver a colocar el debate que propuso en la senda original.
El 1 de abril hicimos pública una declaración en la cual
Repudiábamos cualquier tipo de expresión discriminatoria, tanto por las referencias de clase o por invocar el color de la piel o la situación social.
Exhortábamos al Comité Federal de Radiodifusión (COMFER) para que en el ámbito de sus facultades: pusiera en conocimiento de la comunidad argentina la existencia de reglas antidiscriminatorias; realizara actividades a través del Observatorio de la Discriminación en Radio y Televisión, hiciera las investigaciones correspondientes a fin de dirimir si se habían dado a la difusión pública expresiones de contenido antidemocrático o de cuestionamiento a la vigencia del estado de derecho.
Dábamos cuenta de la necesidad de la sanción de una ley democrática de radiodifusión. Invitábamos a la distintas organizaciones de periodistas profesionales a que realizaran un llamado de atención a sus afiliados y socios respecto de faltas éticas graves.
Cuando hablábamos de actitudes discriminatorias nos referíamos a lo que la Facultad observó durante la cobertura y esto fue:
Se diferenció ente “gente” y “piqueteros”
A quienes manifestaban durante el cacerolazo se los llamó “vecinos autoconvocados” y a quienes manifestaban a favor del gobierno “piqueteros pagados por el gobierno”.
Se dio por supuesto que la vestimenta y el color de la piel de las personas determinaban si éstos eran o no violentos.
Se estableció una falsa dicotomía a través de la cual se planteó que quienes manifestaban en contra del gobierno eran “vecinos autoconvocados” o “ciudadanos que se manifiestan espontáneamente” y quienes lo hacían a favor, eran “piqueteros violentos” o “personas arriadas”.
Cuando hicimos mención al Observatrorio de la discriminación –un organismo que, dicho sea de paso, no prevé sanción alguna para quienes pudieran incurrir en actos de discriminación, sino la invitación a retractarse o a corregir- no hicimos otra cosa que remitirnos al organismo nacional correspondiente y propusimos que esta entidad –creada en 2006 y no ahora como se dijo por estos días, y que no había recibido objeciones anteriores ni en su creación ni en su accionar- tomara cartas en el asunto. Es decir, pedimos que se cumplieran las funciones para las cuales ambos organismos habían sido creados. Para decirlo de otro modo, exhortamos al Estado nacional (y no al gobierno) –garante de todos los derechos humanos, incluido el de la ciudadanía a informarse correctamente y a que no se cometan actos de discriminación- a que actuara como tal.
Cuando dijimos que la Argentina necesita una nueva ley de radiodifusión, lo que estábamos indicando es que nuestro país merece salir de la oscuridad de una reglamentación de la dictadura que sujeta los servicios a la seguridad nacional (inspiradda en la “Doctrina de seguridad nacional”), .
Cuando proponemos que un organismo como el Observatorio actúe -como saben todos quienes tienen algún tipo de relación con los medios de comunicación, incluidos quienes más fuertemente nos cuestionaron- no estamos haciendo otra cosa que poner en evidencia que los medios de radiodifusión utilizan un recurso escaso administrado por el Estado Nacional y concesionado, dentro de ciertas reglamentaciones, para su explotación privada y comercial.
Cuando invitamos a la distintas organizaciones de periodistas profesionales a debatir lo hicimos con la intención de que éstas entidades aceptaran nuestra propuesta para ser discutida los ámbitos que creyeran convenientes y con las reglas de cada una de estas entidades. Sin embargo entre la tarde del martes 1 de abril y el mediodía del viernes 4, cuando tuvo lugar la reunión la Presidenta de la Nación, no sólo ninguna de estas entidades tomó contacto con nosotros, sino que ninguno de los medios que hoy cuestionan nuestra actitud se acercó para hacernos mención al tema.
La Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, en definitiva y por todo lo que aquí se explica, no hizo más que cumplir con su obligación.

Dirección de Comunicación Institucional
Secretaría de Gestión Institucional
Facultad de Ciencias Sociales
Universidad de Buenos Aires
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TE: 4962-3913 ó 4508-3800 (int 133)
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viernes 11 de abril de 2008

Lo que nadie dice

D` elia será hipócrita, títere del gobierno a sueldo, violento, pero dijo una frase que hace mucho tiempo nadie dice en los medios de comunicación: "Hay que crear una nueva ley de radiodifusión".
¿Porqué? la respuesta podría ser la siguiente: Cuando una empresa como el Grupo Clarín posee radios (Radio Mitre, La Red), diarios (Los Andes de Mendoza, La voz del interior de Córdoba, Clarín, Página 12) y canales de televisión (Canal 13, Todo Noticias) en todo el país, quienes sean los locutores, quienes firmen textos y quienes salgan por TV en medios pertenecientes a esta corporación, defenderán los intereses de la cúpula empresarial. Eso deteriora la calidad de la información, hace que la realidad se cuente de acuerdo a la manera más conveniente que dicten los dueños de la empresa.
Dejo el link de un post del año pasado de este blog para saber más del tema:

http://cosecha1989.blogspot.com/2007/07/para-no-seguir-en-el-pasado.html